Matamoros

Así fue la Misa de exequias del padre Martín Guzmán

Hoy, con la Misa de exequias, despedimos al P. Martín Guzmán. Les comparto la homilïa:

Mensaje de Monseñor Eugenio Lira Rugarcía, Obispo de la Diócesis de Matamoros

Estamos muy tristes por la muerte del P. Martín. Tristes, lastimados, confundidos y enojados por la forma en que perdió la vida. No es justo lo que sucedió. No es justo que alguien le arrebate a otro el gran don de la vida que Dios da. Nada justifica algo así. Y por desgracia son muchos los que, como el P. Martín, han perdido la vida de forma violenta.

Pero hoy Jesús, que conoce nuestro dolor, que sabe lo que estamos sintiendo, nos sale al encuentro y nos hace ver que no estamos solos, porque en él Dios, nuestro creador, ha venido a nosotros para rescatarnos del pecado, darnos su Espíritu, hacernos hijos suyos y darnos parte en su vida por siempre feliz.

Esto es lo que él les dice a los discípulos en momentos en los que, como señala el Papa, estaban tristes, porque se daban cuenta de que la cosa no iba bien. Jesús les habla desde el corazón para tranquilizarlos y animarlos, proponiéndoles un horizonte de esperanza: el cielo, la patria definitiva ( cf. Homilía, 27 abril 2013).

Hoy que también estamos tristes, desanimados, enojados, confundidos y con miedo Jesús nos dice: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí. En casa de mi Padre hay muchas habitaciones… voy a prepararles un lugar… volveré y los llevaré conmigo”.

Así nos invita a mirar más allá, a mirar hacia delante; todo lo demás dura solo un rato, tarde o temprano se termina. Pero nosotros estamos hechos para algo grande y sin final; somos ciudadanos del cielo (cf. Flp 3, 20-21). Esa es nuestra patria, esa es la meta que nos espera: la casa del Padre, donde seremos felices para siempre.

Solo hace falta que, confiando en el Señor, comprendamos la verdad (cf. Sb 3, 1-9) y sigamos a Jesús por el camino del amor, diciendo con fe, en lo más profundo del corazón: “¡Vayamos a la casa del Señor!” (cf. Sal 121).

Así lo dijo el P. Martín en un poema que escribió y que ahora les voy a compartir: “Ah, muerte… transporte silencioso/ que das vida separando nuestra alma del cuerpo/…cuan grande es mi anhelo que llegues con tu corte/ y tu presencia me conforte, para conocer de cerca el cielo/… ¡Quiéreme muerte, te lo pido! Búscame y llévate mi ser/ que deseo pronto llegar a conocer el misterio que me tiene confundido… / Muerte ven a mí… y transporta mi alma al lugar donde todo es calma/ porque quiero descansar… adorando a Cristo y conociendo a Dios”.

¡Esa esa la meta! Estar con Dios. Y fue mirando esta meta que el P. Martín respondió “sí” a la llamada del Señor. Miembro de la numerosa familia formada por D. José Trinidad, rebocero, y Dña. Ramona, como sus hermanos (eran 21, unos viven en Estados Unidos, otros en Colima, en México, y en La Piedad), el P. Martín, desde pequeño, fue educado en el trabajo, para ayudar en el hogar, y en la fe. Colaboró en la construcción de la capilla de su colonia. Y en la gran Misión por los 25 años de su Parroquia, descubrió su vocación e ingresó al Seminario.

Más tarde conoció a Mons. Chavolla y llegó a Matamoros, donde se ordenó sacerdote el 2 de febrero de 2004. Fue Vicario de la Parroquia Ntra. Sra. de Fátima, Vicario de la Parroquia Santísima Trinidad, Asesor eclesiástico del Movimiento Cursillos de Cristiandad, Responsable de la Dimensión de Piedad Popular (Asesor de los Matlachines), Rector de la Rectoría Cristo Rey, Párroco de la Parroquia Cristo Rey de la Paz (donde estuvo 10 años) y Responsable de la Dimensión de Pastoral penitenciaria. Y en sus ratos libres, le gustaba pintar, hacer velas y la jardinería.

Ahora, este pastor, que procuró conocer a sus ovejas, alimentarlas con la Palabra de Dios, con los sacramentos y la oración, y guiarlas a Dios, ha salido de este mundo. Lo vamos a extrañar. Vamos a extrañar su entusiasmo, su alegría, su cercanía, su creatividad y su ministerio ¡Tantas cosas! Pero nos consuela saber que también para él Jesús, amando hasta dar la vida, preparó un lugar en el cielo.

Creámosle a Jesús. La fe en él, como dice san Juan Crisóstomo, es más fuerte que todos los acontecimientos que sobrevengan (cf. In Ioannem, hom. 72). Y esta fe no es una fuga de la realidad, sino un compromiso: hacer las cosas bien para que podamos llegar al cielo, siguiendo a Jesús por el camino del amor.

Él nos echa la mano. Por eso san Agustín dice que Jesús, que nos ha preparado una habitación en la casa del Padre, prepara moradores para ellas (cf. Catena Aurea, 13401). Dejémosle que nos prepare a través de su Palabra, de sus sacramentos –especialmente la Misa dominical– y de la oración, para que nos llene de su amor y así podamos amar a Dios y al prójimo, siendo comprensivos, justos, pacientes y serviciales, ayudando a los demás a tener una vida mejor, perdonando y pidiendo perdón.

Que Mamá María, Refugio de los pecadores, nos ayude a permanecer unidos y llenos de fe, de esperanza y de amor, para que dejándonos preparar por Jesús y amando como nos pide, podamos gozar un día, junto al P. Martín, en la casa del Padre, por toda la eternidad.

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